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El Teatro y la Melancolía

TEATRO Y MELANCOLÍA

Melancolía era para los griegos una bilis negra, del grupo de los cuatro humores cardinales; junto con la bilis amarilla, la sangre y mucosidad de la nariz.

Era provocada por un desequilibrio en las personas, lo cual hacía que enfermaran, y consumir cítricos parecía una buena opción para disminuir síntomas. Sin embargo, la esperanza de vida en aquellas épocas era bastante corta. Enfermarte podía significar que jamás pudieras recuperarte debido a la falta de vacunas y medicinas. Tus vecinos y familiares tenían permitido suponer que morirías pronto.

¿Sentirnos melancólicos en un día de lluvia puede seguir suponiendo una enfermedad incurable?

Sí, mientras dure la lluvia. No, porque faltaría la expulsión de un fluido oscuro. Pero es posible que podamos volvernos adictos a la melancolía si junto a ella recordamos los momentos felices de nuestra vida. Es posible que la melancolía sea un recurso importante en escena.

Como actores tenemos que recurrir a las herramientas necesarias recabadas por nuestra experiencia para poder ejecutar las acciones que se demanden. Pero resultaría bastante difícil tomar como un recurso práctico a la melancolía, si lo que nos provoca esta emoción, es remontar acciones del pasado, y lo que se nos exige constantemente es estar en presente.

¿Cómo estar en presente si estoy pensando en el pasado? Pregunta un alumno de nuevo ingreso a su maestro de Principios Básicos de Actuación, a lo que el docente alega titubeante: Debemos tener en claro que los actores podemos recurrir al denominado “Tren de pensamiento”. Momento en el que el actor recuerda el pasado (tal vez de manera melancólica) pero estando en presente.

¡Que confusa situación! Me dijo entre enojado y frustrado este chico de 18 años. Suponiendo que las personas queramos o no entrar en momentos melancólicos, esta es una situación que exige más de nuestro cuerpo de lo que suponemos.

Una buena melancolía hace que nuestros ojos se viertan en nuestro interior, porque los objetos y colores de nuestro entorno no permitirían que hurgáramos con comodidad aquellos recuerdos que nos ponen en ese estado. Tal vez nuestra cabeza se incline un poco hacia algún hombro (o hacía algún hombre, según se requiera o el caso lo permita), es posible que empecemos a respirar pausadamente y un suspiro se nos escape sin poder contenerlo, nuestras piernas van a relajarse y necesitaremos sentarnos en algún momento.

Al encontrar nuestro asiento y depositarnos, nuestra espalda va arquearse, lo suficiente para mantenernos cómodos un instante, mientras recordamos, lo que sea que recordemos. Las manos caerán relajadas tal vez sobre nuestras rodillas, hacía nuestros costados, o el recuerdo obligue a que crucemos los brazos. Pero no imagino un momento melancólico con las manos alzadas.

Y si los recuerdos deciden ejercer un momento más íntimo, cerraremos los ojos, frunciremos el ceño, unas pocas o muchas lágrimas brotarán. Quizá sienta ganas de recostarse en la cama o el sofá, quizá el corazón le indique a la boca emitir un gemido o un grito. Sea cual sea la posición que adopte, no corte ningún impulso del cuerpo.

Aunque la escena no nos permita organizar pausadamente el proceso; practicar paulatinamente las posturas melancólicas podría ayudarnos a alcanzar ese estado anímico más naturalmente. Siempre nuestro cuerpo reacciona con sabiduría, y recordar a la abuelita fallecida no siempre resulta ser el camino correcto.

No significa que recordar el pasado sea la única forma de invocar a la melancolía. Anhelar el futuro también puede producir este efecto. De cualquier forma, no estar en presente ya implica un desequilibrio, o como sería para los griegos: una enfermedad.

Las sesiones de introducción a la actuación nunca se reproducen de manera similar a las anteriores, y Adrián lo pudo constatar cada que contraía el abdomen y su cuerpo le hacía recordar con melancolía aquel delicioso hotdog que resbaló de su mano cuando su hermana lo sorprendió por la espalda.

Resolver dudas en el escenario es un beneficio que podemos llevar a la práctica. Registrar lo que nos sucede y cómo nos sentimos cuando las cosas suceden, puede ayudarnos a encontrar caminos prácticos para ejecutarlos en los momentos necesarios.

Por lo mientras la bilis negra de los antiguos griegos, se quedará, justo, en la Antigua Grecia, y concebiremos la melancolía como un momento de recuerdos actualizados. Casi como Lars Von Trier en su famosa película, en escena, con cuerpos vivos y presentes.

Karla Anahí Meneses Saldaña

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